Bitácora del taller
Caja de herramientas de madera con tapa corrediza
Un clásico para ordenar formones, lijas y tornillos
La caja de herramientas de madera tiene una ventaja concreta sobre las de plástico: cuando algo se rompe, se arregla. Y si una herramienta nueva no entra, se agrega una división o se mueve un listón. Con tablas de pino de 1,5 cm se resuelven los cuatro laterales, el fondo y la tapa corrediza, que corre entre dos guías. Esas guías pueden ser fresadas en el lateral o, si no hay fresadora a mano, dos listones clavados que cumplen la misma función.
Antes de encolar conviene probar todo en seco. Los laterales se apoyan sobre el banco, se alinean los cantos y se marca con lápiz dónde va cada pieza. Si un canto baila, se corrige con lija sobre el banco, no a fuerza de tornillo. Recién cuando el armado cierra sin tensión se pasa la cola vinílica, se aprieta con ligas gruesas o soga y se deja secar sin mover la caja.
Las divisiones internas se cortan después, no antes. Se colocan los formones, las lijas y los tornillos en el fondo y se mira qué espacio queda libre. Ahí se decide cuántos tabiques hacen falta y de qué alto. Así no sobran huecos muertos donde las herramientas se mueven al trasladar la caja.
El fondo pide dos travesaños por debajo, pegados o atornillados de canto. Sin ese refuerzo, al levantarla con peso la madera se flexiona y con el tiempo la unión empieza a abrirse. Los travesaños no se ven desde arriba y hacen toda la diferencia cuando la caja viaja cargada del taller a la mesa de trabajo.
Para el traslado, un tirador de cuerda gruesa o de cuero pasado por dos perforaciones en los laterales resuelve el asunto sin herrajes. Los retazos que sobran del corte se separan por tamaño y se guardan: algunos sirven como calzos, otros como probadores antes de barnizar. Al final la caja queda con marcas del trabajo, y eso también es parte del resultado.